La ideología, la protesta y la juventud en Venezuela

Por: Paul Cortés Ruiz

” Que vivan los estudiantes,
jardín de las alegrías.
Son aves que no se asustan
de animal ni policía,
y no le asustan las balas
ni el ladrar de la jauría.

– Violeta Parra

Andrés AZP

Andrés AZP

Estando en Puerto Rico, es difícil uno imaginarse la situación que están viviendo los venezolanos hoy en día. Sin embargo, me atrevo a decir que hasta cierto nivel aún compartimos unos pequeños rasgos cotidianos. Por ejemplo, al igual que millones de venezolanos, el amanecer nos trae ciertas incógnitas que merecen nuestra  atención mañanera. Compartimos preocupaciones sobre si la autopista será transitable hoy, aquí por tapón, allá por barricadas. Ambos llegamos a la mesa del desayuno preguntándonos si después de 12 horas nocturnas el país está un poquito peor que el día anterior. Pensamos en dilemas mañaneros, algunos  prácticos y otros filosóficos, y los enfrentamos yendo a la calle. Pero la diferencia, que no se debe perder de vista, es que, en mi caso, yo me dirijo hacia la universidad. Mis compañeros estudiantes venezolanos, en Caracas y por el resto del país, van a las trincheras.

Poco puedo informar sobre la situación, pues poco sé de ella. Como más de una persona me ha hecho notar, la información mediática que nos llega aquí en el exterior no es 100% confiable. No tenemos periódicos venezolanos a la mano todas las mañanas, tampoco vemos la televisión venezolana todos los días. Lo que sí tenemos, al igual que nuestros compañeros venezolanos (por ahora), es el acceso al internet.

Los grandes debates de hoy en día no se dan en televisión ni en la radio, sino en los espacios cibernéticos que frecuentamos en busca de información. Es una dinámica diferente a la que crecimos acostumbrados. No hay moderador, sino el amigo que clama por la paz entre un comentario y otro. El intercambio se da entre posts que pueden tener minutos o días entre sí. Pueden lanzarse insultos, consignas, chistes y acusaciones de todo tipo. En fin, es el epitoma del libertinaje.

En cuanto a Venezuela, suelen surgir al menos dos bandos cuando uno visita un site de noticias u opinión: por un lado, los que se sienten que Venezuela vive en un estado de represión dictatorial proveniente del comunismo cubano, y por el otro, los que se sienten que viven a punto de ser invadidos por los yanquis y el Banco Mundial. Entre medio hay gente sensata, pero tarde o temprano salen a relucir estos dos polos opuestos del espectro político. Es una batalla incesante de ideologías.

Y es que Venezuela, durante los últimos 15 años, ha sido el epicentro de una guerra ideológica que no ha dado tregua. En un lado está el izquierdismo, los ideales socialistas que vislumbran un país gobernado por y para el hombre y la mujer pobre, guardando ferozmente la sagrada soberanía ante injerencias tóxicas del Imperio, campeón de la libertad y la emancipación de todo lo malo del siglo XX. Es este el ideal, el espejismo platónico que se ve en las paredes de Caracas pintado en grafiti rojo y negro por las vallas y los muros de las autopistas.

En el lado opuesto está una colección de ideas y memorias de un tiempo pasado, no muy discernibles para los que se encuentran en el bando opuesto. No son pocos los venezolanos que añoran por el institucionalismo del ayer, aquel que existía antes de que los nombres de todos los edificios públicos se les añadieran las palabras “poder” y “bolivariano/a”. Añoran el tiempo ese bendito de los militares en sus cuarteles y no en el gobierno; añoran el orden imperfecto que nunca dejó de ser orden por más desorden que era, que les daba un sentido de que vivían entre esos países de altura donde imperaba la ley. Esta es la llamada “oligarquía ultra-derechista” que tantos complots de magnicidio alegadamente ha tramado con el Tío Sam en los cuartos oscuros de Miami y Washington.

Antes de continuar, debo decirles que estos paradigmas se odian entre sí. No hay palabra más apta para encapsular la animosidad prevaleciente. Hay una diferencia ideológica abismal entre el pasado y el presente que impide cualquier diálogo constructivo que pueda surgir naturalmente entre los dos. No es lo mismo que una persona se haya educado y edificado bajo la Cuarta República, o que sus familiares lo hayan hecho, a que se haya educado durante la Quinta, siendo la primera de su familia. Muchos de los últimos simplemente no tenían ese acceso a la educación, y se les ha enseñado que cualquier cambio al norte ideológico de la “revolución” es un riesgo de perder lo que tienen. Este es el conflicto que vemos en los medios, en Twitter, en los foros, en los discursos de Chávez y de su febril progenie, en los canales de Estado[1] y los que están obligados a transmitir las ya repetitivas cadenas (¿después de 15 años quién quiere escuchar el mismo discurso?), en los contados “oligarcas” que se han mudado a Miami, en El Nuevo Herald que sirve de contraparte al radicalismo oficialista. Esta diferencia, fundamental y mal resumida aquí y en cualquier otro escrito que no tenga más de mil páginas, es en esencia lo que se ve en los medios.

Pero basta ya del pasado. Hay un futuro brillante entre estas carcomidas posiciones ideológicas. Eso es lo que hemos visto por Facebook y Twitter desde el pasado 12 de febrero. Ese día la gente joven salió a la calle. Ese sector de la población que nadie puede odiar, que simboliza el futuro de un país, salió a las trincheras. Aquí los vimos en el 2010, marchando y cogiendo macanazos por el ideal justo de educación pública gratuita. Pues mírense allá ahora, al igual que se vieron en Chile. Ustedes no fueron los más sensatos, ni los más organizados, pero fueron los más puros. Su reclamo era puro, al igual que el de los jóvenes venezolanos. ¿Quién no quiere un mejor país? ¿Quién puede prohibir semejante reclamo? ¿Quién tiene la autoridad de silenciar mediante la violencia lo que no es sino la voz de la generación que heredará el país?

Nadie. En su tercer capítulo la Constitución venezolana contiene una comprensiva lista de derechos humanos. Entre los derechos civiles se encuentran: el derecho a la manifestación (art. 68); el derecho a ser presentado ante un juez dentro de 48 horas después de arresto (art. 44); la prohibición contra la tortura y trato cruel en manos de las autoridades estatales (art. 46); la inviolabilidad de la comunicación privada (art. 48); la libertad de asociación (art. 52); el derecho a la protección del los cuerpos de seguridad del Estado en cara a amenazas (art. 55); la libertad de expresión (art. 57); y el derecho a información oportuna, veraz e imparcial (art. 58). En específico, los artículos 19 a 31 consagran la aplicación directa y de jerarquía constitucional de derechos encontrados en instrumentos internacionales dentro del ordenamiento jurídico venezolano. Triste es que el año pasado el gobierno de Venezuela, bajo el pretexto de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos era un instrumento del “Imperio”, dejó de ser parte a la Convención Interamericana de Derechos Humanos, despojando al organismo internacional de jurisdicción en Venezuela. Esto le deja la tarea de velar por los derechos humanos al órgano judicial del país, uno notorio por exhibir parcialidad en cuanto al gobierno.

Es por todo lo anterior que se debe condenar los actos del gobierno venezolano y los actos de los delincuentes que ha creado, los llamados colectivos. Esas personas a las cuales han provisto con armas y con odio, ahora las sueltan como perros rabiosos a morder la garganta de un pueblo que se ha cansado de cuentos chimbos y de excusas fantásticas para tapar el desgobierno y la pésima administración del Estado. Las alegadas violaciones de derechos humanos deben ser atendidas de manera imparcial, no por investigaciones oficialistas dedicadas a designar chivos expiatorios. Estas protestas no son un complot fascista; no son una excusa para que el Imperio invada a Venezuela; no son siquiera una condena al indudable progreso social que ha venido de gente honesta trabajando por una mejor Venezuela bajo este gobierno. Esto es nada menos que la caída de la máscara que uno se pone cada día que se levanta para pretender que todo va a estar bien al salir de la casa. Ya basta de la escasez de alimentos; ya basta con la impunidad criminal, ya basta con la retórica de odio que ha desintegrado el cemento social que une a los venezolanos. La “salida” que necesita Venezuela no es el panorama político actual; empieza, por lo menos, con el diálogo. Esas personas en el poder tienen que rectificar y ponerse serios, porque el goce del apoyo popular depende de acciones, no de cuentos. El 12 de febrero de 2014, Venezuela cambió y espero que nunca vuelva a ser la misma.


[1] Canal de la Asamblea Nacional (http://www.antv.gob.ve/m8/portal.asp); Tves (http://www.tves.gob.ve/noticias/noticias.php); TeleSur (http://www.telesurtv.net/); Venezolana de Televisión, Canal 8 (http://vtv.gob.ve/); Ministerio para el Poder Popular para la Comunicación e Información, el dueño y administrador de estos canales (http://www.minci.gob.ve/).

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